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Verdaderamente Humano

“¿Qué significa ser humano?” Éste ha sido el interrogante de muchos periódicos, conferencias e informes especiales. Es una pregunta que puede considerarse desde perspectivas antropológicas, teológicas y biológicas, y dentro de círculos médicos, éticos y espirituales.

Sin embargo, independientemente del analista, cualquier sondeo de la naturaleza de la humanidad es un descubrimiento cuyas implicaciones van mucho más allá del sujeto mismo.

Generación tras generación las voces que han hablado acerca de la naturaleza humana, con frecuencia reflejan algo del carácter paradójico de la humanidad. Platón describía la vida humana en términos de las cualidades duales que él observaba. En tanto la mente es representativa del alma intelectual, el estómago es una bestia llena de apetitos que deben ser dominados. Alejandro Solzhenitsyn escribió esto acerca de la propensión humana hacia la compasión y la crueldad, que suelen manifestarse simultáneamente: “La línea que separa el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano”. (1) Hablando en el siglo 17, Blas Pascal hizo llamó la atención de los extremos en pugna que están presentes dentro de la humanidad. “Porque después de todo, ¿qué es el hombre en la naturaleza? Una nada en relación con el infinito, y un todo en relación con la nada, un punto central entre la nada y el todo, e infinitamente lejos de la comprensión de algo… Es igualmente incapaz de ver la nada fuera de donde fue confinado y el infinito en lo que está encerrado”. (2)

¿Qué significa ser humano? La aparente paradoja que hay en nosotros y alrededor de nosotros hace que esta pregunta sea difícil de responder. A veces sentimos que dentro de nosotros hay algo de contradicción e inconsistencia; el deseo de ser un buen amigo junto con los recursos para manipular o explotar al otro, la intención de ser un buen vecino junto con la tendencia de caminar por la vida sin ayuda ninguna. Esta actitud nos recuerda la respuesta que, en el Princ. Chaspean, Alzan les da a los niños: “Ustedes provienen del Señor Adán y la Señora Eva”, dijo Alzan. “Y eso es tanto un honor suficiente como para elevar la cabeza del mendigo más pobre, y la vergüenza suficiente como para doblegar la cabeza del más grande emperador de la tierra”.

Como cristiano, entiendo mis propias inconsistencias debido a las explicaciones que da la Escritura. Tenemos la imagen de Dios, que nos fue dada porque así lo quiso el Padre. Pero ahora es solo un reflejo borroso de lo que era. La imagen de Dios en la humanidad es una imagen manchada por el pecado. Hemos sido hechos a su imagen, pero es una imagen que necesita un toque restaurador.

Junto con Pascal y Solzhenitsyn, encuentro que la doctrina cristiana es lo que puede proporcionar el único marco que da sentido a las contradicciones que hay dentro de nosotros. Pero más que eso, también es el único marco que redime la tensión que hay en nuestro interior, esa tensión que hay entre mi identidad como hijo de Dios y como hija de Adán. Esta promesa es nuestra: “Y así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:49). Cristo no sólo hace la obra de redimir a la humanidad caída, limpiándonos del pecado que corrompe nuestra naturaleza. También vino para unir a la humanidad con Dios, y es por eso que podemos ser verdaderamente humanos.

Cuando Dios creó a la humanidad tuvo el propósito de que estuviera plenamente unida a su creador. Cuando nosotros actuamos según nuestro propio poder y autoridad, independientemente de Dios, meramente exponemos nuestra alienación de Dios y de nuestra verdadera personalidad. Fracasamos al no reconocer lo que significa ser totalmente humanos. Pero unidos a Cristo por la fe, somos unidos plenamente a otra naturaleza. Pedro escribe: “Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

Si bien Cristo es el único que hace posible la salvación, el único que restaura en nosotros la imagen del Padre, el proceso de santificación es algo que nosotros también manejamos nosotros activamente, como seres humanos unidos al Hijo. En otras palabras, vivir como hijos hechos a la imagen de Dios y unidos a Cristo, no es una esperanza estática, sino un llamamiento activo. Según las palabras de Pablo, “Por eso, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, vivan ahora en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe como se les enseñó, y llenos de gratitud” (Colosenses 2:6–7).

¿Qué significa ser humano? Esta enorme pregunta comienza a encontrar su respuesta cuando nos volvemos hacia el único que nos muestra el verdadero sentido de esta palabra.

(1) Alejandro Solzhenitsyn, El Archipiélago Gulag: 1918–1956, (Nueva York: Harper Collins, 2002), p. 75.

(2) Blas Pascal, Pensess (Pensamientos, Nueva York: Penguin, 1995), p. 61.

 

 

 

Jill Carattini es una escritora asociada a los Ministerios Internacionales Ravi Zacharias en Atlanta, Georgia, EE.UU.

Fuente: Jill Carattini

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